Iba yo en la micro, especulando sobre la inmortalidad del cangrejo a la vez que intentaba no pensar en el calor agobiante que se siente en el interior del bus, cuando al observar a un hombre caminar por el parque, tan normal como las manchas de una vaca, se me ocurrió una gran idea para un cuento. El problema es que el viaje desde aquel lugar hasta mi casa dura unos 35 minutos, por lo que mi capacidad de retención tuvo una de las más duras batallas en su vida.
Entre recordar maneras de recordar la idea, y no olvidar la idea al intentar recordar formas de recordar lo que intentaba recordar, al momento en que llegué a mi destino solo quedaban pasajes inconexos de lo que pudo ser. Del espacio remoto mi mente saltaba a las profundidades del océano, del deslice de una roca por un barranco a un pequeño extracto de una sonata de Beethoven, de un destello de luz… a la oscuridad absoluta. Ninguna lógica ni método se me vino a la cabeza para unir tales ideas tan abismalmente dispersas, por lo que lo único que pude hacer fue escribir esto. De mi precaria capacidad de retención de ideas, como también de la extraña facultad en que de mi mente germinen grandes pensamientos en los lugares menos propicios, nació un cuento sobre mi incapacidad de escribir un cuento. Deal whit it.