
Privado de su propio pensamiento, enajenado por su propia estupidez, subió las escaleras que lo llevaban a su fin. Con su mejor traje de marca, camisa de seda y zapatos italianos, regalo en forma de coima de algún sucio rufián, observó a la multitud: eufórica pero silenciosa. Tomó la soga, su cabeza la atravesó. Y en el ultimo instante de vida que le quedaba, su cara reflejando una mueca de iluminación, pronunció: Tusunami y Marepoto. Ese fue su fin.
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