Nota encontrada en el cuarto de Asbur Asrael:
Despierto en
los exteriores de un bosque en medio de la nada. A mis espaldas una enorme
montaña bloquea mi retroceso, y mis ojos sólo logran ver el verde opaco, casi
grisáceo, de este temible bosque. Me sumerjo entre su follaje, sin saber por qué, donde los siniestros rayos
de luz temen entrar a costo de extraviarse en la eterna oscuridad que vive
entre el siniestro mar de ramas. Vislumbro lo que en un pasado lejano fue un
sendero, y los arboles susurran para si
mismos historias antiguas donde la gloria reinaba por esta ya perdida senda,
donde grandes reyes del pasado cruzaban entre ellos, escoltados por
innumerables lacayos adornados de las más maravillosas formas que ninguno puede
imaginar. Mas hoy el recuerdo es todo lo que queda, restos de algún camino ya
carcomido por la maleza y destinado a desaparecer en la eternidad. Entre la
maleza se distingue el cuerpo de un condenado pájaro que tuvo la extraña suerte
de entrar a este oscuro rincón del mundo, perdido de los mapas del hombre. Sus
plumas, desparramadas por el suelo, reflejan la lucha por sobrevivir del ataque
de alguna de las impuras bestias que rondan el lugar. Rondan, pero no viven.
Los imperdonables gusanos se dan un festín con la ya putrefacta carne de aquel
animal.
Mientras más me adentro en este
bosque maldito, las ramas de los arboles se entrelazan en un tétrico abrazo,
condenando a la luz a mantenerse en el exterior, y no permitiendo que los
dioses externos observen los paganos actos que se efectúan en su interior. La
oscuridad penetra mi alma, paso a paso a la locura. Las extrañas profundidades
del bosque me llaman, invocan mi presencia a través de orgiásticos gritos
socavados de las desgarradas voces de blasfemos participantes de satánicos
saturnales, destinados a algún dios ya perdido en el tiempo. Sin saberlo, he
esperado toda mi vida por este momento, lo saben mis entrañas, lo sabe mi piel,
lo sabe mi erizado pelo que recubre mi agotado cuerpo al adentrarme por este
pretérito bosque perdido de la visión de dios, tierra de locura y desolación,
cuna del terror imperecedero.
Un pequeño riachuelo cruza el
bosque, el cual nadie con vida sabe de donde surge su caudal, y lo terrorífico
es la apariencia del material que se mueve en su torrente: una sustancia
gelatinosa, más cercano a sangre coagulada que a agua normal, como la herida de
cientos de criaturas, o tal vez la de una de titánicas dimensiones, que se
oculta (o tal vez ocultan) en las profundidades del follaje.
Camino kilómetros tras
kilómetros, únicamente guiado por un instinto salvaje que duerme en el
inconsciente de todos nosotros, restos de un pasado lejano donde éramos más
animales que hombres. Las sombras son mis eternas compañeras en este onírico
viaje donde a lo lejos el resplandor de unos ojos acechantes me persiguen sin cesar.
Y en un momento de lucidez, me pregunto que estoy haciendo, y caigo en cuenta
de mi situación, el miedo se apodera de mí ser, y me congelo sin poder
reaccionar. Lejos quedó la luz que abrazaba mi espalda, mas ahora el aire
sofocado oprime mi corazón. Temo encender un fuego, que atraiga a más bestias
profanas a mi cercanía, incluso temo que los mismos arboles tomen represalias
contra mi ser, antiguos trotamundos que ahora duermen silenciosamente en el
averno que es este lugar.
Prefiero no seguir relatando lo
que mis ojos han visto en sueño, mas digo que al despertar el recuerdo no me
abandona, aquellos seres que vi, criaturas que ninguna mente humana puede
imaginar, me generan la duda si el sueño fue tan sólo eso, o un viaje arcano
provocado por aquel dios encerrado hace eones en las profundidades del mar, que
en R’lyeh aguarda durmiendo, durmiendo
pero no muerto. Aquel que provoca sueños en locos y artistas, y en hombres
sensibles a lo desconocido. El miedo de cerrar los ojos y volver a soñar con
eso, para nunca más escapar de la cósmica oscuridad, me prohíben el sueño. He
empezado a tomar pastillas para no dormir, pero la falta de este me provoca
alucinaciones que son tan terroríficas como el sueño mismo. No sé que hacer ya,
quizás la muerte sea el descanso que mi cuerpo tanto desea. No sé que más hacer…