A mi juicio, no hay cosa más digna de compasión en este mundo que la incapacidad de la mente humana para poner en relación todo su contenido. Vivimos en un apacible islote de ignorancia en medio de TENEBROSOS mares de infinitud, pero no fuimos concebidos para viajar lejos. Hasta el momento la ciencias, cada una siguiendo su propia trayectoria, apenas nos han reportado mal alguno. Pero el día llegará en que la reconstrucción de los conocimientos dispersos nos pondrá al descubierto tan TERRORIFICAS panorámicas de la realidad, y en la PAVOROSA situación que ocupamos en las mismas, que o bien nos volvemos locos ante semejante revelación o huiremos de la luz mortal en pos de la paz, y salvaguardia de una nueva era de TINIEBLAS.
H.P. Lovecraft
La llamada de Cthulhu

jueves, 8 de noviembre de 2012

El bosque onírico


Nota encontrada en el cuarto de Asbur Asrael:

Despierto en los exteriores de un bosque en medio de la nada. A mis espaldas una enorme montaña bloquea mi retroceso, y mis ojos sólo logran ver el verde opaco, casi grisáceo, de este temible bosque. Me sumerjo entre su follaje,  sin saber por qué, donde los siniestros rayos de luz temen entrar a costo de extraviarse en la eterna oscuridad que vive entre el siniestro mar de ramas. Vislumbro lo que en un pasado lejano fue un sendero, y  los arboles susurran para si mismos historias antiguas donde la gloria reinaba por esta ya perdida senda, donde grandes reyes del pasado cruzaban entre ellos, escoltados por innumerables lacayos adornados de las más maravillosas formas que ninguno puede imaginar. Mas hoy el recuerdo es todo lo que queda, restos de algún camino ya carcomido por la maleza y destinado a desaparecer en la eternidad. Entre la maleza se distingue el cuerpo de un condenado pájaro que tuvo la extraña suerte de entrar a este oscuro rincón del mundo, perdido de los mapas del hombre. Sus plumas, desparramadas por el suelo, reflejan la lucha por sobrevivir del ataque de alguna de las impuras bestias que rondan el lugar. Rondan, pero no viven. Los imperdonables gusanos se dan un festín con la ya putrefacta carne de aquel animal.

Mientras más me adentro en este bosque maldito, las ramas de los arboles se entrelazan en un tétrico abrazo, condenando a la luz a mantenerse en el exterior, y no permitiendo que los dioses externos observen los paganos actos que se efectúan en su interior. La oscuridad penetra mi alma, paso a paso a la locura. Las extrañas profundidades del bosque me llaman, invocan mi presencia a través de orgiásticos gritos socavados de las desgarradas voces de blasfemos participantes de satánicos saturnales, destinados a algún dios ya perdido en el tiempo. Sin saberlo, he esperado toda mi vida por este momento, lo saben mis entrañas, lo sabe mi piel, lo sabe mi erizado pelo que recubre mi agotado cuerpo al adentrarme por este pretérito bosque perdido de la visión de dios, tierra de locura y desolación, cuna del terror imperecedero.

Un pequeño riachuelo cruza el bosque, el cual nadie con vida sabe de donde surge su caudal, y lo terrorífico es la apariencia del material que se mueve en su torrente: una sustancia gelatinosa, más cercano a sangre coagulada que a agua normal, como la herida de cientos de criaturas, o tal vez la de una de titánicas dimensiones, que se oculta (o tal vez ocultan) en las profundidades del follaje.

Camino kilómetros tras kilómetros, únicamente guiado por un instinto salvaje que duerme en el inconsciente de todos nosotros, restos de un pasado lejano donde éramos más animales que hombres. Las sombras son mis eternas compañeras en este onírico viaje donde a lo lejos el resplandor de unos ojos acechantes me persiguen sin cesar. Y en un momento de lucidez, me pregunto que estoy haciendo, y caigo en cuenta de mi situación, el miedo se apodera de mí ser, y me congelo sin poder reaccionar. Lejos quedó la luz que abrazaba mi espalda, mas ahora el aire sofocado oprime mi corazón. Temo encender un fuego, que atraiga a más bestias profanas a mi cercanía, incluso temo que los mismos arboles tomen represalias contra mi ser, antiguos trotamundos que ahora duermen silenciosamente en el averno que es este lugar.

Prefiero no seguir relatando lo que mis ojos han visto en sueño, mas digo que al despertar el recuerdo no me abandona, aquellos seres que vi, criaturas que ninguna mente humana puede imaginar, me generan la duda si el sueño fue tan sólo eso, o un viaje arcano provocado por aquel dios encerrado hace eones en las profundidades del mar, que en R’lyeh  aguarda durmiendo, durmiendo pero no muerto. Aquel que provoca sueños en locos y artistas, y en hombres sensibles a lo desconocido. El miedo de cerrar los ojos y volver a soñar con eso, para nunca más escapar de la cósmica oscuridad, me prohíben el sueño. He empezado a tomar pastillas para no dormir, pero la falta de este me provoca alucinaciones que son tan terroríficas como el sueño mismo. No sé que hacer ya, quizás la muerte sea el descanso que mi cuerpo tanto desea. No sé que más hacer…

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