La literatura de terror es mi pasión: Lovecraft mi héroe. Al
momento de leer sus escritos en mi mente se construyen seres de horrendas dimensiones
e impuras formas, estructuras que únicamente pueden existir en la imaginación de
un seguidor de lo supraracional. La noche de ayer mientras escuchaba música intenté
plasmar en una hoja de papel de un viejo cuaderno de la universidad, lleno de grafías
elaboradas a la rápida bocetos de formas informes, un ser que pudiera
representar lo que el maestro intentó describir en sus relatos. Abrí el
cuaderno en una hoja en blanco, tomé un lápiz, y sin pensar dejé que la mano se
guiara sola, que deambulara y en su rose con el papel figurara aquellas
criaturas primigenias en la hoja sin vida. Al rato apareció un ser con ojos de
caracol, sin boca ni nariz, ni cuerpo, ya que solo tentáculos componían su
forma, los cuales se retorcían producto de un dolor eterno. Me dediqué un par
de horas en delinear sus contornos y lograr la felicidad con el trabajo final,
pero esa noche no lo logré, ya que para cuando me di cuenta del tiempo que
llevaba, había pasado largamente la media noche, y los parpados pesaban como
sacos de arena. Decidí dejar el dibujo tal como estaba, terminado, pero no finalizado.
Al día siguiente, al despertar, no me acordé del dibujo. Vi televisión
hasta aproximadamente el mediodía, desayunando en la cama, para luego bañarme y
vestirme para encontrarme en el centro con compañeros de la universidad. Para
el momento que regresé a mi casa el día agonizaba, por lo cual tomé once y me
recosté en la cama a descansar. Mientras mis ojos se encontraban cerrados, un
sueño gobernó mi inconciente En él, un ser con que un tentáculo pegajoso y
repulsivo, similar al de mi dibujo, me arrastraba a galaxias moribundas, con titánicas
estrellas rojas como la sangre, y planetas tan fríos como el inframundo. Criaturas
que no logré definir sus contornos deambulaban por el sideral, casi en un
estado catatónico. No sé en qué momento desperté, pero el sueño me hizo recordar
aquel dibujo sin finalizar que había dejado la noche anterior. Pero al momento
de verlo, algo extraño había en él. Recuerdo haber dibujado un tentáculo grumoso
contorsionándose hacia la derecha, pero ahora se encontraba en dirección opuesta.
Junto a este cambio, que de haber dibujado 2 ojos en su centro, ahora tres intentaban
escapar de él. Puede que haya olvidado estos detalles, y en ese momento me mentalicé
con esa idea, no valía la pena el martirio intelectual. Proseguí con el dibujo
definiendo mejor los bordes, agregando un par extra de tentáculos y borrando
otros. Ya cuando me sentía conforme con él, marqué los bordes y agregue los últimos
detalles. El resultado fue una criatura pulposa, sin parecer a ningún cefalópodo
conocido en nuestro planeta. No había un aspecto macabro en él, pero si uno bien
lovecraftniano.
Ya para cuando terminé este, no me había dado cuenta que a
su alrededor habían aflorado un par de seres tan – o más – extraños que el
finalizado. Uno de estos consistía en una serie de esferas reflectantes, en las
cuales la luz se perdía y se convertía en oscuridad. Y de los extremos inferiores,
unas extensiones, tales como barbas de algún cetáceo, colgaban dando la impresión
de estar a la espera que una presa las rozara, para aferrarlas hasta el asfixiamiento.
Era repulsivo verla, ya que generaba una sensación de miedo irracional. Pero la
siguiente forma me produjo un malestar aun mayor, el cual apenas puedo tolerar
en este momento de escribir sobre él. Era una masa amorfa, o más que una masa,
un conglomerado de grotescas burbujas oscuras como veneno, donde a veces
afloraban ojos de distintas dimensiones, como sufriendo por su propio vivir,
rogando que la muerte se apiadara y le diera descanso a su tortuosa existencia.
Y entre estos, cortos tentáculos, similares a los del ente ya terminado, se contraían
y estiraban en agonía.
No recuerdo haberlos dibujado, pero ahí estaban, como
compañeros de un ser tan antiguo como el tiempo. Criaturas, dioses o demonios,
que en algún lugar del universo tenían un séquito de seguidores, los cuales les
rendían culto con sangrientos rituales, cantos en algún lenguaje ya perdido
para los no iniciados, y sacrificando a aquellos que se enteraban de su
existencia sin pertenecer a la estirpe. Aunque se les rendía culto, estos cósmicos
seres no conocían de aquel hecho, ya que centrados en su propio existir, sinuoso
e infinito, el peso de su realidad los llevaba a la locura total.
La hoja en que dibujé aquellas criaturas la guardé en el
fondo del cajón final de mi escritorio, donde la oscuridad es profunda. No quise
seguir dibujando más entidades, por miedo o algo más, y esto mismo no me
permitió romperla y arrojarla a la basura. A veces la saco de su olvido, únicamente
para observar que las figuras se han movido de posición: a veces están en el
encuadre y otras no; a veces son dos, otras tres, otras cinco o seis; a veces
solo es una hoja, mientras que otras es la puerta a mi locura, enfermedad provocada
por las horas y horas de lectura de esos profanos escritos de un alma
atormentada que solo Lovecraft pudo realizar.
