A mi juicio, no hay cosa más digna de compasión en este mundo que la incapacidad de la mente humana para poner en relación todo su contenido. Vivimos en un apacible islote de ignorancia en medio de TENEBROSOS mares de infinitud, pero no fuimos concebidos para viajar lejos. Hasta el momento la ciencias, cada una siguiendo su propia trayectoria, apenas nos han reportado mal alguno. Pero el día llegará en que la reconstrucción de los conocimientos dispersos nos pondrá al descubierto tan TERRORIFICAS panorámicas de la realidad, y en la PAVOROSA situación que ocupamos en las mismas, que o bien nos volvemos locos ante semejante revelación o huiremos de la luz mortal en pos de la paz, y salvaguardia de una nueva era de TINIEBLAS.
H.P. Lovecraft
La llamada de Cthulhu

miércoles, 9 de mayo de 2012

Cruel inocencia

La muerte azotó esa solitaria casa, la cual esa noche fue olvidada del perdón de Dios. El extraño ser se alejó de la seguridad de su cueva, producto del hambre agobiante que, tras meses de hibernación, terminó por obligarlo a esto. La luz de la luna quemaba su lechosa piel, pero su olfato le indicaba que había carne cerca, carne humana. 

Inocentemente los residentes de aquel lugar dejaban las ventanas sin pestillo, ya que al estar tan alejados de la sociedad, no temían a la intrusión de algún ladrón al domicilio. Grave error.

Su primera presa fue un pequeño niño, que, durmiendo serenamente en su cuna, no se dio cuenta de nada. Fue una muerte rápida, ningún grito o sonido que alertara a los demás.

 Al lado de la cuna dormía el hermano mayor del pequeño. Abrazado a su oso de peluche, regalado por su padre hace algunas lunas. Soñaba que era mayor, lo suficiente para ayudar a su padre a salir a pescar en esos traicioneros mares que solo algunos se adentran. La pesca era buena y su padre, orgulloso, le felicitaba. Una sonrisa se vislumbraba en el profundo dormir del pequeño. Como disfrutó aquel ente en borrársela, mientras sus manos apretaban fuertemente el pescuezo del muchacho, hasta el punto en que el sueño se volvió eterno.

Sus cuerpos, aun calientes, dieron una merienda satisfactoria al monstruo, el cual devorando los órganos vitales, desechó el resto dejándolo esparcido por toda la habitación. La sangre y las viseras, como los cuerpos desmembrados, adornaron cruelmente el lugar, para que al día siguiente los condenados padres perdieran la cordura. Condenaron dioses, se culparon a si mismos y entraron de lleno en la locura intentando dar explicación y sentido a aquel alarmante descubrimiento. Solo la muerte les brindó tranquilidad, a escasas horas del descubrimiento. Un par de sogas, otro par de sillas y un alto árbol fueron sus ayudantes en el ultimo momento. 

Mientras tanto, el ser se encontraba nuevamente en su cueva, arrinconado en su refugio e intentando dormir, pensando en lo sabroso que estuvo aquella merienda nocturna. 

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