A mi juicio, no hay cosa más digna de compasión en este mundo que la incapacidad de la mente humana para poner en relación todo su contenido. Vivimos en un apacible islote de ignorancia en medio de TENEBROSOS mares de infinitud, pero no fuimos concebidos para viajar lejos. Hasta el momento la ciencias, cada una siguiendo su propia trayectoria, apenas nos han reportado mal alguno. Pero el día llegará en que la reconstrucción de los conocimientos dispersos nos pondrá al descubierto tan TERRORIFICAS panorámicas de la realidad, y en la PAVOROSA situación que ocupamos en las mismas, que o bien nos volvemos locos ante semejante revelación o huiremos de la luz mortal en pos de la paz, y salvaguardia de una nueva era de TINIEBLAS.
H.P. Lovecraft
La llamada de Cthulhu

sábado, 26 de mayo de 2012

Perpetua Creación

En el principio no había nada. No existía luz ni oscuridad, ya que para que uno fuera debía de haber el otro: era un todo en la nada, y la nada era el todo. Nadie sabe cómo, pero en algún momento del Infinito algo extraño sucedió: este Infinito cobró conciencia de sí mismo, comenzó a pensar. Al darse cuenta de lo que estaba aconteciendo en su vastedad, se generaron en su ser una serie de interrogantes existencialistas sobre su existencia, total e infinita, pero reducida solo a sí misma. Las primeras preguntas que se generaron en su inmensidad son aquellas que los grandes filósofos de antaño intentaron dar respuesta: que era, por qué era, como llegó allí y sobre todo, si es que realmente estaba allí. Al ser un ser infinito, no sabia donde comenzaba ni terminaba, de la misma forma que no tenia claro de donde surgían sus propias interrogantes. Podríamos decir que el vacío jamás está vacío, pues está lleno de si mismo. Esto le generó una confusión que por poco lo llevó a la locura.

Pero mientras intentaba generar respuestas a estas extrañas, pero obligadas preguntas, mientras intentaba autodefinirse en el indefinible, en el propio vacío de su vastedad comenzó a formarse una especie de nube, una forma gaseosa que no se lograba definir muy bien, una sustancia llena de extrañas luces y colores que solo se podían dar en aquel lugar. Al darse cuenta de esto, el Infinito se fijó en su fantástica cualidad: al pensar podía crear, podía llenar el vacío, podía darse forma a sí mismo.

A penas descubrió esto se puso a pensar sobre la complejidad de cosas y formas con las que podía llenar el vacío que tanto le angustiaba: figuras y criaturas, sonidos y colores, luces y sombras que con solo imaginarlas encontrarían su lugar en el espacio de su propio ser. Pero como el vacío era lo único que conocía, no sabia que articular con su pensamiento. Las primeras formas que creó fueron masas y figuras polimorfas que se desintegraban al poco tiempo de formarse. Creó cientos de miles de figuras, algunas más elaboradas que otras, terceras con un afán mucho mayor que las anteriores, pero una tras otra se fueron volviendo polvo espacial: no lograba encontrar la formula perfecta para que sus creaciones se desarrollaran. Cuando ya llevaba incontables eones creando figuras destinadas a su propia muerte, observó que algunas cuantas de estas incontables creaciones habían mantenido cierta estructura física en su totalidad. A través de esto se dio cuenta de la segunda cualidad de su infinidad: su cuerpo/universo estaba gobernado por una ley fuera de su control: sus creaciones estaban limitadas por leyes espacio-temporales que solo permitía que algunas formas se mantuvieran el tiempo. Si bien se mantenían, eran completamente distintas a lo que había imaginado que fueran.

Observó detalladamente por incontables eras cada una de las figuras que sobrevivieron a su propia creación. Imaginó cuerpos vaporosos, otros acuosos, estructuras de luz y otras de la más profunda oscuridad, desarrolló formas que volverían loco al que las viera, algunas horribles y perversas, otras rodeadas de un halo de majestuosidad. Poco a poco, como el morir de una estrella, fue encontrando las pautas de como organizar su propia mente para que cada cuerpo encontrara una relación armoniosa con el todo y con todos. Así fue ordenando un universo de posibilidades que a lo largo del cosmos fueron encontrando algún rincón en su propia corporalidad, en su propio ser. Cada forma que creaba iba definiendo su existencia: cada cosa contenía parte del creador, de la misma forma que la creación definía al propio creador.

Pero todas estas creaciones, si bien tenían algún lugar definido en su corporalidad, el caos era el verdadero ordenador de todo. Al intentar dar un lugar a las millones de creaciones que su existencia imaginaba, el resto del universo entraba en conflicto con estas: al imaginar y dar lugar a uno en el todo, el todo cambiaba y se desordenaba acorde sus propias leyes. Algunas formas se destruían, otras mutaban,  mientras que la mayoría simplemente ya no eran lo que imaginó que fuesen.

Poco a poco esta relación de causa-efecto fue desalentándolo. El Infinito, lleno de una angustia al no poder controlar nada en su eterna existencia, donde él era tan solo un instrumento de creación, poco a poco fue ensimismándose, dejando de lado lo que en algún momento tanto amó. Él era la canción universal y pretendía imponer la forma adecuada de bailarla, pero sus creaciones, renegadas y anárquicas, bailaban frenéticamente, dueñas de su propio devenir: preferían morir libres que vivir un sentido. El infinito,  entendiendo los deseos de su propia mente, se resignó al cruel destino que se le había impuesto desde el comienzo a su propio ser y, realizando su ultima acción, se propuso la perturbadora tarea de imaginar lo que nunca se le hubiera ocurrido: imaginar su propio olvido, para poder despertar nuevamente en el infinito vacío (o infinita totalidad, desde el punto en que se mire) y volver a desconocer el todo y la nada, volver a sentirse vivo al crear su propia existencia, revivir el perpetuo aprender y olvidar a través del perpetuo existir de su perpetua falsa existencia. 

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