El extraño Ser, temeroso, salió por primera vez de su cueva. La luz de la luna quemaba su delicada piel, y la leve brisa se sentía como afiladas espadas al rozarle. Se acercó a un pequeño riachuelo que corría a escasos metros de la entrada, y lo que vio en su fondo lo espantó hasta las entrañas. Demencialmente, y gorgoteando un alarido infernal, se devolvió a la seguridad de sus aposentos.
Pasó un largo tiempo antes que volviera a tener el coraje de cruzar nuevamente la frontera de su caverna, y mucho más en que comprendiera que fue lo que le devolvió la mirada, con unos ojos perdidos en la locura.
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