Un escritor, sumido en una profunda depresión debido a la falta inspiración, se entrega al deleite de la luz nocturna que entra por una lúgubre ventana frente a su fiel escritorio, carcomido por los años de uso, rebosante de poemas inconclusos y bocetos de escritos por terminar. La luz, proveniente de la eterna resguardadora de los sueños, la cual se aferra al manto estelar, le rosa la piel, como caricias de aquella que perdió hace mucho. Escupe, maldice y condena a los astros, aquellos guardianes del conocimiento que desde eones han visto el andar del hombre, y guardan en sumo silencio el porvenir de este. El frió viento nocturno se siente como el suspiro de la propia muerte al rozar su humedecida cara, producto de las lágrimas que brotan de sus desconsolados ojos. En un arrebato de ira y locura, entrega su alma al diablo para poder vomitar en el papel todos aquellos sentimientos que atormentan su mente y le prohíben del sueño que tanta falta le hace. Y cuando ya creía que los ojos se le habían secado y comenzaría a brotar sangre por ellos, siente un leve movimiento involuntario de su mano. Sin entender que sucede, asustado y perplejo, observa anonadado el enajenado actuar de esta. Sin tener control de ella, la mano toma un papel, lápiz y empieza a escribir versos endemoniados con la tinta del lápiz, el cual escribe en un satírico tono rojizo, como si estas fueran escritas con sangre:
Desde el tiempo de mi niñez, no he sido
como otros eran, no he visto
como otros veían, no pude sacar
mis pasiones desde una común primavera.
De la misma fuente no he tomado
mi pena; no se despertaría
mi corazón a la alegría con el mismo tono;
y todo lo que quise, lo quise solo.
Entonces -en mi niñez- en el amanecer
de una muy tempestuosa vida, se sacó
desde cada profundidad de lo bueno y lo malo
el misterio que todavía me ata:
desde el torrente o la fuente,
desde el rojo peñasco de la montaña,
desde el sol que alrededor de mí giraba
en su otoño teñido de oro,
desde el rayo en el cielo
que pasaba junto a mí volando,
desde el trueno y la tormenta,
y la nube que tomó la forma
(cuando el resto del cielo era azul)
de un demonio ante mi vista.
Lo que sus ojos ven plasmado de tan violenta forma en el papel lo perseguirán hasta el día en que tenga que pagar la deuda pendiente, y aquella sombra, borrosa forma fantasmagórica que lo observo con una sonrisa malévola frente a su ventana, le causó un terror preterito, el cual plasmó desde ese día en todos sus macabros escritos. Solo el alcohol permitiría el olvido de esta maldita noche, pero a la vez sera el arma de su propia perdición, será la firma del infernal pacto.
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