…Y al terminar la película, vuelvo a mi realidad, a aquella triste y desolada realidad donde nada fuera de lo común me espera. En mi pecho se siente un vacío, el cual con cada pasar de los días se va agrandando. La falta de inocencia e imaginación van desgarrando pedazo por pedazo lo que en algún momento fue un alma infantil, donde el asombro y las ganas de vivir, como también el disfrutar de las cosas por conocer marcaban el día a día. Hoy la historia es diferente, lo único que logra asombrarme es mi incapacidad del asombro. Es por esto que las películas de Hayao Miyasaki son vitales para mí. Me recuerdan que en el fondo de mi ser aun quedan restos de aquel niño que sigue creyendo que en un hoyo de conejo se esconde un mundo por descubrir, y que al hablar con los animales estos te entienden, solo que temerosos no nos responden, por miedo a que descubramos que son seres tan inteligentes como nosotros. Acongojado leo los subtítulos “FIN”, pero el pesar es superado por las ganas de volver a ver el mundo con aquellos ojos de niño. Dulce infancia perdida, daría lo que fuera por que volvieras.
A mi juicio, no hay cosa más digna de compasión en este mundo que la incapacidad de la mente humana para poner en relación todo su contenido. Vivimos en un apacible islote de ignorancia en medio de TENEBROSOS mares de infinitud, pero no fuimos concebidos para viajar lejos. Hasta el momento la ciencias, cada una siguiendo su propia trayectoria, apenas nos han reportado mal alguno. Pero el día llegará en que la reconstrucción de los conocimientos dispersos nos pondrá al descubierto tan TERRORIFICAS panorámicas de la realidad, y en la PAVOROSA situación que ocupamos en las mismas, que o bien nos volvemos locos ante semejante revelación o huiremos de la luz mortal en pos de la paz, y salvaguardia de una nueva era de TINIEBLAS.
H.P. Lovecraft
La llamada de Cthulhu
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