El problema no es el día. En ese periodo encuentro miles de cosas que ocupan mi tiempo y mi mente. Puedo ver televisión, puedo escuchar música, hacer pesas, salir en bicicleta, escribir, leer, juntarme con un amigo, con una amiga, con un conocido o por conocer. Puedo saltar la cuerda, contar monedas de $10, de $100 y de $50, derrochar dinero, ganarlo y volverlo a gastar. Puedo hacer sumas y restas, multiplicaciones y divisiones de todo lo que pase frente a mis ojos, incluso puedo iniciar una banda de post-rock-psicodélico-funk con influencias reggae-soul-góspel-electro-dark donde las letras serán adoraciones a múltiples dioses y demonios, conocidos y por conocer, a través de la mágica travesía dirigida por “the one & only”, Mezcalito.
Si. Ya lo dije. El día no es ningún problema. Pero cuando la noche se cierne sobre nosotros, inundando el sideral hasta sus fronteras, cuando debo buscar consuelo en la mejor consejera conocida, la acogedora y amada cama, es ahí donde tu fantasma vuelve a rondar mis pensamientos, alterando mi salud mental y emocional, es ese momento en que recuerdo lo que fuimos y lo que no seremos, lo que quise que fuéramos y lo que tu no. Cuando ocurre esto, tomo el primer papel que encuentro y dibujo en su forma un pequeño sol. Este lo pego en la lámpara de mi pieza y la prendo, intentando engañar a mi mente, haciéndola creer que es de día y poder volver a ocuparla en las miles de millones de actividades que puedo realizar al día siguiente para volver a olvidarte. Esta noche al parecer no resultó...
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