“La mejor forma de olvidar a una mujer
es transformarla en literatura"
Henrry Miller (creo)
Nunca he sido fan de las manzanas, siempre las he encontrado algo desabridas, incluso acidas. Pero por esas casualidades de la vida, un mágico día fui un supermercado de esos que entra por apuro. Mientras hacia mis compras, vi sobre un mesón lleno de manzanas, una que tenia algo especial. Si bien algo me atraía en ella, no sabía qué, por lo cual no le tomé mucha atención y seguí en lo mio: un par de papas, un kilo de tomates, algunas naranjas, dos zanahorias y un six pack de cervezas. Pero aunque ya estaba terminando de comprar, no podía sacarme de la cabeza aquella manzana. Atraído por una fuerza externa a mí, volví al mesón, y al momento que iba a tomarla, alguien más la agarró. Una señora de unos 70 años, con su vestido de flores y su chalequito tejido a croché, tomó la manzana y la metió a su bolsa junto al resto de sus compras, como una manzana cualquiera. Déjenme decirles que cuando algo me llama la atención nada ni nadie puede frenarme de cumplir con mi cometido. Primero me hice el cortes: le ofrecí a llevar su bolsa, le mostré por donde pagar y lo bonitas que estaban unas cebollas que había tomado en ese momento. Pero al momento en que aquella descuidada señora desprendió su vista de la bolsa, tomé lo que me correspondía. Rápidamente la mezclé con otras manzanas que tenía, pague mi cuenta, y me fui a mi casa, con una extraña, pero eufórica felicidad.
Al momento de llegar a mis aposentos, dejé la manzana en la cúspide de un pequeño tiesto con frutas que adornaba mi mesa. Fresca, brillante y con unas tonalidades que jamás había visto en ninguna otra fruta me cautivaron. Los primeros días solo la dejé ahí, donde las luces y las sombras la hacían ver esplendorosa. No me resistía las ganas de saborearla, pero quería aplazar la satisfacción, hasta el punto en que se hiciera insoportable. Cada día al volver de la universidad, cansado del mundo y la cotidianidad de la vida, al abrir la puerta de mi departamento, ella era lo primero que veía.
Pero como dije, no aguantaba las ganas de comerla. Y así lo hice. Que sabor, que majestuosidad de sensaciones. Con cada mordisco que le daba comprendía mejor que me había llamado la atención de esta misteriosa fruta. No podía saberlo, pero con cada mordisco la vida adquiría luz, adquiría sentido, la vida adquiría vida.
Pero como nada es infinito en este universo, salvo él mismo, mi dulce y sabrosa manzana se fue acabando. Cada mordida que daba, restaba una parte de ella: al querer disfrutarla al máximo, me la comí muy rápido. Cuando me di cuenta de enorme error solo quedaba un pequeño pedazo comestible, antes de solo ser coronta. Me daba terror comer este último pedacito, ya que al comerlo, no habría más. Pensé en guardarlo en el refrigerador, pero tarde o temprano se pudriría. No me quedó más remedio que comerme ese ultimo pedazo, disfrutarlo al máximo y entregarme al ultimo placer, pero como arrancando de mis manos, los restos de la manzana se escaparon y cayeron al suelo, rodando lejos de mi. Una lágrima corrió por mi mejilla, llegando la punta de mi mentón, resbalando por mi barba y dejándome una vez más por las mías.
Pero ya cuando daba todo por perdido, cuando todo adquiría nuevamente una tonalidad gris, una pequeña semilla rodó fuera de la coronta, antes que esta se metiera debajo de mi refrigerador, a un punto que hasta el día de hoy no logro alcanzar. Pienso plantar esta pequeña semilla, esperando que de ella salga un pequeño arbolito, que con mi cuidado se volverá un enorme manzano, con la esperanza de que al menos uno de sus frutos logre entregarme el deleite que me dio su progenitora. Ahora solo es un pequeño brote que sobresale de un pequeño algodón, en un vaso plástico, pero el tiempo forjará su destino. Ya veremos…
Bello texto. Me ha gustado demasiadamente. Un saludo desde Brasil
ResponderEliminarGracias por el comentario, siempre es bueno recibir elogios externos. Saludos
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